La pregunta del título viene a cuento de un acto al que asistí hace poco. En él, un político de la Junta cuyo poder es inversamente proporcional a su popularidad desplegó un pequeño discurso. El texto que leyó -porque no lo declamó, ni le dio entonación alguna, simplemente lo leyó- carecía de contenido alguno. Era completamente vacío, y aparte de las loas a la gestión de su departamento no había nada de nada. Para mayor escarnio, esas autoalabanzas no eran más que una retahila de planes, programas, actuaciones y demás elementos cuantitativos de los que tanto gustan en San Telmo. Me dio la sensación de que, más que una política dirigida a un fin, aquello era un entramado poco inteligible para el ciudadano medio que buscaba simplemente causar la sensación de movimiento. Me recordó demasiado al Gatopardo en versión política: voy a decir las muchísimas cosas que he puesto en marcha para que no descubran la verdad.
Cada vez más los políticos son meros gestores demasiado preocupados por su propia supervivencia. En estos tiempos donde todo el mundo habla del valor añadido como clave para salir de la crisis, me pregunto qué plus le ofrece el político a la sociedad. El 90% son perfectamente prescindibles. El país funcionaría igual sin ellos. Los políticos son como los entrenadores de fútbol. Sólo los grandes, que escasean, son capaces de imprimir su sello y de hacer mejorar a sus futbolistas. El resto pasa por ahí sin huella alguna.
¿Qué es un gran entrenador en política? En primer lugar, el buen político no se ocupa de programas, planes, actuaciones y demás elementos cuantitativos. Simplemente, define una dirección, marca una línea. Y convence al ciudadano de que ese camino es el apropiado. El político debe saber generar ilusión, debe dominar la escena (en el buen sentido). Está ahí para exponer sus argumentos y hacernos partícipes de ellos. Tenemos un ejemplo contemporáneo bastante claro: Obama. Podrá gustar más o menos, pero siempre dice algo. Sus discursos no son funcionariales. El ciudadano medio no quiere una retahila de actuaciones gubernamentales. Quiere expectativas, futuro; quiere que el país vaya en una dirección.
En este país, la política se ha convertido en un mundo endogámico dominado por la mediocridad. Los más brillantes son marginados por la conspiración de los más torpes. Los medio listos que se atreven a lanzar ideas están expuestos a la dictadura de lo políticamente correcto. En cuanto se pasan de la raya, son crucificados. Los que no dicen nada, los que se agazapan, aprovechan que otros se dan las puñaladas para subir escalafones sin que nadie se percate. Conscientes de su mediocridad, buscan la manera de que el ciudadano no preste demasiada atención en ellos. Y plantan ante los auditorios discursos planos, vacíos, con planes que parecen directamente copiados de las hemerotecas del Kremlin. Eso sí: cuantas más fotos mejor; cuanta más presencia vacía en los medios, mejor. Perfil bajo pero constante. Que parezca que hace, que hacen mucho, aunque, como en el Gatopardo, en realidad no hagan nada.
martes, 8 de febrero de 2011
martes, 28 de diciembre de 2010
Visitas a Vargas Llosa
Leí (¿esta palabra lleva tilde en la nueva ortografía?) muy jovencito 'La ciudad y los perros' y 'La guerra del fin del mundo'. En esa época también me enfrasqué en la lectura de 'Conversación en la Catedral', que no terminé porque en ese momento me pareció un ejercicio de barroquismo innecesario. Quizás entonces no la entendí, y he decidido por ello darle una segunda oportunidad.
No será ahora mismo. No aún. Antes voy a leer lo que no he leído. Empecé en noviembre con 'Pantaleón y las visitadoras' y acabo de terminar 'Los cuadernos de Don Rigoberto'. Las fiestas van a ser para 'La casa verde', que acabo de comenzar y que he dejado, de momento, en la maravillosa descripción de la ciudad de Piura.
Después, quizás, le llegue el turno a 'Conversación en la Catedral' o, quien sabe, a 'Elogio de la madrastra' o 'Lituma en los Andes'. O cualquier otro. Sólo hay tres excepciones en este regreso al Nobel peruano: 'La fiesta del chivo', que ya leí en mi madurez lectora (qué mal suena lo de madurez), 'Travesuras de la niña mala', que ha sido una de mis lecturas de 2010, y 'El paraíso en la otra esquina', obra que parece escrita por un sustituto menor de Vargas Llosa. Dejo para otra ocasión sus ensayos y memorias.
De momento, he llegado a la conclusión de que 'Los cuadernos de don Rigoberto' es la novela erótica que más me ha gustado en mis años de lector. 'Pantaleón y las visitadoras' es muy divertida, pero estoy de acuerdo con la crítica. Es una obra menor. 'Los cuadernos de don Rigoberto', no.
No será ahora mismo. No aún. Antes voy a leer lo que no he leído. Empecé en noviembre con 'Pantaleón y las visitadoras' y acabo de terminar 'Los cuadernos de Don Rigoberto'. Las fiestas van a ser para 'La casa verde', que acabo de comenzar y que he dejado, de momento, en la maravillosa descripción de la ciudad de Piura.
Después, quizás, le llegue el turno a 'Conversación en la Catedral' o, quien sabe, a 'Elogio de la madrastra' o 'Lituma en los Andes'. O cualquier otro. Sólo hay tres excepciones en este regreso al Nobel peruano: 'La fiesta del chivo', que ya leí en mi madurez lectora (qué mal suena lo de madurez), 'Travesuras de la niña mala', que ha sido una de mis lecturas de 2010, y 'El paraíso en la otra esquina', obra que parece escrita por un sustituto menor de Vargas Llosa. Dejo para otra ocasión sus ensayos y memorias.
De momento, he llegado a la conclusión de que 'Los cuadernos de don Rigoberto' es la novela erótica que más me ha gustado en mis años de lector. 'Pantaleón y las visitadoras' es muy divertida, pero estoy de acuerdo con la crítica. Es una obra menor. 'Los cuadernos de don Rigoberto', no.
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