Subí, en mi vida, unas catorce veces en el Orient Express, siempre por motivos de trabajo. Por entonces yo tendría unos treinta años y era delegado para Europa del Este de una promotora inmobiliaria con sede social en Madrid.
La primera vez que la vi no le di importancia. Era una mujer madura pero bella, estilizada, pero como tantas de raza eslava que yo acostumbraba a ver todos los días. Sí me llamó la atención que leyera un periódico viejo, tanto que ya parecía un papiro amarillento que iba a disolver en instantes.
El tren de las 12.15 partió y ella estaba a mi vera. Me dormí, me desperté, llegué a mi destino.
La segunda vez que la vi no estaba en mi compartimento. Se cruzó conmigo cuando ella venía de la cafetería y yo iba. Recuerdo que iba vestida igual que la primera vez: un sueter azul y falda también azul. Muy sencilla, y el periódico tenía el mismo aspecto demacrado de la otra ocasión.
La tercera vez la encontré en la estación. Leía un diario fechazo en Moscú el 12 de enero de 1994. Es lo único que pude entender, pues todo lo demás estaba en cirílico. Me pareció que se absorbía mucho en la lectura.
Aunque no creía en esas cosas, pensé que era un fantasma y que no podía ser de otro modo. La vi cientos de veces en mis viajes. Un día se acercó a mi compartimento y me pidió que le ayudara a colocar su maleta en un armario. Tras superar el susto, aproveché la ocasión:
--Ese periódico (estaba encima de su cama), ¿es muy viejo, no?
--Sí, es un recuerdo.
--¿Un recuerdo?
--Sí.
No quiso hablar más, y por unos minutos creí que jamás iba a conocer su misterio. Pero creo que le inspiré confianza. Me mostró una esquela en la página 58. Estaba en cirílico.
--Es la esquela de Petrov, mi ex marido.
No dijo nada más y yo tampoco quise preguntar.
Entendí que a esa mujer se le había parado el reloj un mes de enero de 1994 y que viajaba para huir del presente y del futuro. Quizá pidiera billetes hacia el pasado cada día, en la ventanilla.
lunes, 2 de febrero de 2009
jueves, 1 de enero de 2009
El calcetín
Al acostarse, Mario palpó con su pie izquierdo un calcetín que no era suyo. Era de otro hombre. No podía ser. Aquello superaba el limite de la decencia. Pero decidió dormir y esperar a tener su mente más despejada, ya por la mañana.
Por la mañana, Mario espero a estar sentado con Pilar en el ritual diario del desayuno. Por varios instantes, pensó en esperar a la hora del almuerzo. Incluso sopesó dejar pasar el tiempo para así discutir el tema con la frialdad que requiere un caso como éste.
Pero esta vez consideró necesario hablar.
--Pilar, este calcetín no es mío.
Simplemente eso. Una frase y una mirada acusatoria, salpicada de un silencio opresivo, fue la fórmula de Mario para desarmar a Pilar.
Pilar, inmediatamente, barajó dos opciones: o bien fingía un llanto difícilmente consolable y suplicaba el perdón, lo cual suponía admitir su culpa; o bien abandonaba los fingimientos de una vez por todas. Optó por lo segundo.
--Lo del calcetín ha sido una metedura de pata por mi parte y prometo que no volverá a pasar. Pero, por favor, no montemos escenas que ninguno de los dos sabemos a dónde llevan.
Mario replicó, preso de indignación contenida:
--Yo ahora tampoco quiero escenas. Ya discutiremos esto más adelante.
Por la mañana, Mario espero a estar sentado con Pilar en el ritual diario del desayuno. Por varios instantes, pensó en esperar a la hora del almuerzo. Incluso sopesó dejar pasar el tiempo para así discutir el tema con la frialdad que requiere un caso como éste.
Pero esta vez consideró necesario hablar.
--Pilar, este calcetín no es mío.
Simplemente eso. Una frase y una mirada acusatoria, salpicada de un silencio opresivo, fue la fórmula de Mario para desarmar a Pilar.
Pilar, inmediatamente, barajó dos opciones: o bien fingía un llanto difícilmente consolable y suplicaba el perdón, lo cual suponía admitir su culpa; o bien abandonaba los fingimientos de una vez por todas. Optó por lo segundo.
--Lo del calcetín ha sido una metedura de pata por mi parte y prometo que no volverá a pasar. Pero, por favor, no montemos escenas que ninguno de los dos sabemos a dónde llevan.
Mario replicó, preso de indignación contenida:
--Yo ahora tampoco quiero escenas. Ya discutiremos esto más adelante.
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