lunes, 28 de octubre de 2024

El viento silba

 Cuando vio a su tía, Ángela se extrañó. "¿Y mamá?", le dijo. "Hoy vienes conmigo", se limitó a responder, y en sus ojos Ángela detectó que algo no iba bien. La tía la tomó de la mano con una fuerza inusual y comenzó a caminar en silencio. Iba tan rápido que Ángela apenas si podía estar a su altura y, a veces, tenía que correr unos segundos para no caer al suelo. La mochila le pesaba más de lo normal. "Me haces daño", le decía, pero no la escuchaba.

Entraron en la casa y la tía sentó a Ángela en el sofá y le puso la televisión. Cambió de canal varias veces y finalmente paró en el único que emitía dibujos animados. A Ángela siempre le había hecho mucha gracia el "pipi" del pájaro de El correcaminos, pero en aquella ocasión solo era capaz de mirar cómo su tía apenas susurraba al teléfono mientras daba vueltas por toda la casa. Por fin, sin descolgar el aparato, le dijo a Ángela, en voz más alta de lo normal: "Ángela, tienes que ser buena. Dentro de un rato irás a ver a mamá, pero por ahora te tienes que quedar aquí". "¿Qué pasa?", acertó a decir la niña. "Ella te lo contará. Ahora solo te pido que seas buena y tengas un poquito de paciencia".

El coyote se pasó de frenada y, como siempre, fue incapaz de atrapar al pájaro. Ángela sentía cómo la miraba el marido de su tía. Su fotografía en blanco y negro, de enormes dimensiones, dominaba todo el salón. Pero no solo era él: San Judas Tadeo, el Cristo de los Milagros, la Inmaculada y gente que no conocía, suponía que sus bisabuelos y tatarabuelos, también la observaban y parecía como si le quisieran decir algo. Aprovechó que Lucía fue un momento al baño para marcharse. "Pipi", escucho mientras se iba.

Lo primero que vio cuando le abrieron la puerta de casa fue un bosque de piernas. Varías personas pronunciaron su nombre pero Ángela no fue capaz de precisar quiénes. Había demasiada gente. "¡Mamá!", gritó, y el murmullo insoportable cesó. Pensó a continuación que las gafas negras de su madre, siempre tan enormes, iban a juego con el vestido. La madre se agachó y Ángela pudo verla a su altura. "Hola Ángela, mira, la abuela se ha marchado, por algún tiempo. No sabemos cuándo va a volver". "¿Dónde ha ido?, ¿Dónde está la abuela?". Alguien, allá arriba, dijo: "Ángela, en el cielo" y Ángela vio que era el amigo de mamá. Quedó en silencio. Fue al patio y allí vio la silla de enea verde donde todos los días se sentaba su abuela a cantar coplas. Últimamente era lo único que hacía.

Ángela atravesó el bosque de piernas y salió. Corrió sin rumbo por el pueblo y pensó qué bueno sería vivir en una ciudad, donde poder perderse en las calles y donde nadie conoce a nadie. Finalmente, decidió ir a casa de su amiga Águeda. Tenía miedo de que un adulto le abriera la puerta pero fue ella. "Vamos", dijo, "a buscar a mi abuela. Está con Cielo". "¿Quién es Cielo?" "No lo sé, pero vamos". Águeda, siempre deseosa de aventura, aceptó, y propuso que, quizás, Cielo fuera la hija del panadero, a quien la madre llamaba todo el tiempo Cielo.

Llamaron a la puerta y comenzaron a gritar las dos al unísono: ¡Cielooooo, Cielooooo! Abrió una mujer anciana, y las invitó a entrar. Ángela escuchó una copla al fondo. "¡Abuelaaaa, abuelaaaa!". Pero era la televisión: Marifé de Triana cantaba "Te he de querer para siempre". "Mi abuela canta en el patio coplas, esta canción casi todos los días", dijo la niña. La mujer la miró con ternura. "Sí, la conozco -dijo-; es una gran mujer. Cuando era joven cantaba en teatros y cabarets de Madrid. Fue un poco famosa y lo podía haber sido más, pero se enamoró y se tuvo que venir al pueblo". "La estamos buscando. Creíamos que estaba aquí”. “No, aquí no está, jaja, ¿por qué habéis pensado eso?” “Aquí vive la hija del panadero, y la madre la llama cielo todo el tiempo”. “Pero tú, Ángela, deberías estar con tu madre y no buscando a tu abuela...”.

En ese momento, Ángela corrió y Águeda fue detrás. Pararon en el camino que subía al monte sobre el que se alzaba el pueblo. Ya que estaban, subieron. Quizá arriba esté Cielo, pensó Ángela. Águeda tomó un palo del camino y comenzó a cantar: ¡María de la O!, y Ángela se lo robo y continuó: ¡Qué desgrasiaita, gitana tu eres, teniendolo ”. Subió a una piedra y comenzó a actuar, como si estuviera en un teatro de Madrid. “Él vino en un barco, de nombre extranjero. Lo encontré en el puerto un anochecer...”. Águeda se sentó, y aplaudió a rabiar cada vez que Ángela terminaba una canción. “Te quiero más que a mis ojos. Te quiero más que a mi vía...”.

Espera, dijo Águeda. ¿Escuchas? “En el café de Levante, entre palmas y alegrías, canta la Zarzamora...” La copla sonaba arriba y Ángela pensó que, por fin, había encontrado a su abuela, y que quizás no estaba con Cielo sino que allí arriba estaba el cielo. Vieron que la música procedía de una choza hecha con cuatro o cinco troncos y un montón de ramas a modo de techo. Una mujer joven con delantal sucio hacía un cocido de berzas con un hornillo. Una radio vieja emitía coplas y ella las acompañaba. Tiene una voz bonita, pensó Ángela, decepcionada.

La gitana invitó a los niñas a cocido y les preguntó que hacían allí. “Busco a mi abuela, que está en el cielo”. “Con cielo”, quiso rectificar Águeda, pero Ángela la ignoró. “Así que en el cielo”, afirmó la gitana. “¿Y desde cuándo?”. “Pues hoy se fue”. La mujer hizo un mohín de sorpresa, y soltó: “Chiquilla, tu abuela está muerta”. “¿Muerta?”. “Sí, ya no está, se acabó, finito”. Y se fue a fregar los platos a un arroyo que pasaba por allí.

Ángela escuchó su nombre. Primero pareció un rumor, pero con el tiempo éste se fue agrandando y compendió. “¡Aquí está!”, dijo alguien. Su madre corrió hacia ella, la abrazó, la besó por todo el cuerpo. “Ven”, le dijo, y caminaron las dos a un aparte. Si miraba hacia abajo, estaba el pueblo. Si miraba al frente, un campo inmenso de olivares. Soplaba el viento. Casi lo escuchaba más que a su madre. “Hija, la abuela se fue, no va a volver”. “¿Nunca?” Y la madre se vio incapaz de decir la palabra “nunca”. Se le hacía un nudo en la garganta, nunca no podía ser posible.

Por lo menos muchos, muchos años”, acertó a decir.

¿Y cuánto tiempo es muchos años?”

La madre ya no respondió, tomó a Ángela de la mano y ambas bajaron la vereda en silencio. Solo se escuchaban el silbar del viento.









martes, 8 de octubre de 2024

Mañana



Una mañana
El sol va y 
Se cansa

Otra mañana
El viento 
Se para

Una mañana
Las olas 
Se calman

Otra mañana
El gallo 
No canta

Una mañana
Las horas 
no avanzan

Otra mañana
La vida 
no pasa

Una mañana
La nada 
ya es nada 

Otra mañana
Ya no hay 
mañanas

Una mañana
Despiertas
Y callas

Otra mañana
Suspiras



jueves, 20 de junio de 2019

Verano de 1998

Fue curioso, sí
Volví a verte guapa
En aquel verano de 1998

Lo recuerdo, sí
Lo recuerdo bien
Había tanta luz
Que las sombras
Eran sólo un matiz
Una tonalidad del sol

Y yo te vi guapa, sí
Recuerdo que decías
Que aquel verano 
Tan luminoso
Me cegó

Era verdad
Tan verdad
Que los árboles 
Empezaron a ser verdes
De un cuadro impresionista
Que la ciudad
Fue un peligroso bosque de cemento
Que de pronto
Todas las caras 
Fueron manchas informes de carne
Que mis guías de la noche
Eran las tenues luces de las farolas
Estrellas en un mar oscuro

Sí, era todo un cuadro abstracto
El del verano de 1998
Y yo volví a verte guapa
De hecho, era lo único que veía
Con la nitidez de un manantial
A una mujer guapa, guapísima

Cómo esas cámaras
Que desenfocan el mundo
y solo te enfocan a ti

Así fue el verano de 1998
Un verano ciego pero feliz








jueves, 13 de junio de 2019

Los momentos precisos

Cuando era niño
Buscaba el momento
El preciso momento
En el que me quedaba dormido

Nunca lo encontré

De adulto
Dejé de hacerlo
Pero conservé la costumbre
De buscar los momentos precisos

El preciso instante
En el que terminas tu taza de café
En el que apagas, por fin, la televisión
En el que comienza a sonar el ring
De cualquier llamada telefónica
En el que dices hasta luego
En el que saludas: buenos días,  buenas noches
En el que saboreas el primer bocado
De cocido. O de pasta. O un buche de agua
O una Cruzcampo

La vida
Está llena de instantes precisos

Los mejores (y los peores)
Son los que ya no volverán
El primer beso
El sí quiero
El primer sonido de tu bebé
Todas las últimas veces
Que no diré
Porque apelo a tu memoria
Y te respeto

Ahora, como un niño
Busco el preciso momento
En el que cambiamos
En el que dejamos de ser uno
Para ser otro
Cuando nos enamoramos
¿Cuál es el momento preciso?
¿Cuál es el momento preciso
En el que nos hacemos adultos?
¿Y viejos?
¿Cuántos momentos precisos nos perdemos?

Sentimos melancolía
Y cuando nos damos cuenta
Ya es tarde

En la vida
La mayoría de los momentos precisos
son imprecisos

Pasan como moscas
Moscas burlonas

Atrápalas

Si puedes



martes, 11 de junio de 2019

El loco


Me dijiste que lo hiciera
Que empezara
Con una paloma mismo
Con un ser no vivo, incluso
Una almena, un guijarro, una ráfaga
Un cubo de playa, un botellín

Sonríe, me dijiste
Sonríe a todo lo vivo y lo muerto
Ponte, incluso, frente a un espejo
y sonríete
Estira las comisuras
Y arráncate esos ojos tristes.
Y tíralos por el desagüe
Y compra unos nuevos en una ferretería de barrio.

Sal a la calle, me dijiste. Prueba
Y sonríe, no dejes de  hacerlo
¡Di los buenos días a todo!
¡Prueba!, me dijiste
¡Buenos días!
¡Buenos días!
¡Buenos días!

Me dijiste: prueba
Y probé

Y tengo que confesar 
Que aunque al principio los patos del parque
Me miraban con cara de pato
Al final
Todos se acostumbraron a mi locura

Y todos se decían
Niños, niñas, hombres, mujeres y cubos de playa

¡Mira! ¡Ahí va el loco!







La ferretería

Esto pasa en la ferretería

¡Guapetón!
¿Qué te pasa a ti?
¡A mí na!
¡Que no me entere yo!
¡Ni yo tampoco!


Compro dos bombillas led
Y al salir una niña de cinco años dice a otra:
...Y le dio un jamacuco...
Son las 19.00 horas de un sábado de junio
En Sevilla






miércoles, 8 de marzo de 2017

La isla a mediodía


Confieso que no soy un lector voraz. Ni siquiera constante. En esto de los libros me siento un barco a la deriva, un viajero sin guía. Leo más, o menos, según épocas, según intereses efímeros, conversaciones con amigos, lecturas apresuradas de prensa, paseos improvisados por librerías de centros comerciales masivos... El otro día eché un vistazo a mi pequeña, muy pequeña, biblioteca  y me di cuenta de que hacía tiempo que nada nuevo añadía a ella, y de que la mayoría de mis libros están amarillentos y recubiertos de una capa de polvo que revela más mi pereza para la limpieza que el inevitable paso del tiempo.

Me dije: voy a jugar. Me propuse elegir un libro al azar y leer dos o tres páginas escogidas de manera automática, en la no muy sólida esperanza de que eso me revelara algún ignoto significado simbólico, o, algo más realista, en la idea de sentir el placer de la lectura no por lo que me cuentan, sino por cómo me lo cuentan. Amo la literatura más por la magia de la palabra que por su fuerza fabuladora. Me gusta más saborear una página decenas de veces que sentirme absorbido por la historia. Me gusta más pararme para que algo nunca termine que apresurarme hacia un final que, por su propia naturaleza, siempre decepciona, porque después del final no hay nada.

Tocó Cortázar, el volumen 3 de sus relatos completos de la edición de bolsillo de Alianza Editorial, que todos los adolescentes inquietos manejamos en algún momento. Recorrí sus páginas como el 'croupier' que acaricia la baraja antes de la partida, y me paré en un relato, 'La isla a mediodía', que, voy a ser sincero, no recordaba. El azar, además, varió mi idea inicial de lectura. Ahora iba a leer algo cerrado en sí mismo, completo, una historia, y como buen marino a la deriva decidí aceptar lo que me vino. Como casi siempre, por otro lado.

Redescubrir a Cortázar tiene un poco de redescubrimiento de uno mismo. Me doy cuenta de hasta qué punto soy un imitador. Yo, como él, siempre intento buscar la magia en lo cotidiano y también anhelo esa clase de música invisible que hace que leer sus cuentos sea algo así como hacerse el muerto en el mar y nada más sentir el suave empuje del oleaje. 'La isla a mediodía' tiene eso, como todos sus relatos, y también en el contenido hay una especie de búsqueda al modo de Maqroll, el héroe-antihéroe de Álvaro Mutis, cuando decía que lo que más echaba de menos de toda su vida pasada era un brebaje indefinido del que no recordaba el sabor. La nostalgia de lo que nunca tuvimos es la más fuerte, y en este caso nuestro protagonista, el de 'La isla a mediodía', siente esa atracción por una isla diminuta e ignota del Egeo mientras sobrevuela el Mediterráneo en avión, algo que hace regularmente a mediodía por motivos de trabajo.

La fijación por la isla crece hasta la locura, hasta ser el único eje de su vida. Se interesa por la forma de vida de sus escasos habitantes, por su geografía, por su historia, imagina curvaturas de la orilla, colinas en el centro, matorrales, pescadores inmutables en el espacio y en el tiempo. Maquina la forma de llegar allí y quedarse, y vivir ahí parado, bañado por el sol, sin más aspiración que poner la caña de pescar y esperar, viviendo con diez nativos o doce, sin más ruido que el de las olas y los pájaros.

Y lo consigue. El lector, yo, asiste a su primer día en la isla, pero no advierte felicidad y sólo se queda con una anécdota de mal augurio: nuestro protagonista se hace daño al caminar entre las encrespadas rocas de la isla. Nada bueno. De pronto, pasa su avión por allí y él mira hacia arriba y yo, el lector, tengo que dejar de leer porque el autobús ha llegado a su destino. Despierto y me veo bajando las escaleras y encaminándome hacia el trabajo, pero, como buen imitador de Cortázar, imaginando un final para aquella historia, un final redondo como todos los suyos.

Pienso en un espejo que refleja nuestros sueños. Nos miramos en él y enfrente está nuestro yo feliz, quizás con un peinado más agresivo, elegantemente vestido, ojos que desprenden seguridad, algo como esos anuncios publicitarios del antes y después. Imagino que eso le pasa a nuestro protagonista: en la isla el avión es el espejo y en el avión lo es la isla. Al final él se mira a sí mismo, o, mejor dicho, a una posibilidad de sí mismo. Todos soñamos, o hemos soñado alguna vez, con vivir todas nuestras posibilidades, todos sentimos que nos hubiera gustado hacer algo pero también somos conscientes de que lo normal es que no lo hayamos hecho. Todos nos miramos en espejos continuamente y todos nos vemos peor (como somos ahora) y mejor (como nos gustaría ser). La isla me sugiere esa posibilidad de una vida diferente, pero, una vez que él está en la isla, el avión también lo es, pero con una ventaja: ya pasó por ella, por esa otra vida, una vez. De ahí que yo cerrara el cuento de Cortázar con una especie de regreso al avión, un qué hago yo aquí (en la isla), una vuelta a lo que es y fue uno, cobarde quizás pero fiel, un amargo pero realista final que nos dice que no podemos dejar de ser lo que somos, que avanzamos piedra sobre piedra, que no podemos volar.

Pero ese no es el final. Ni se le parece. Cortázar plantea precisamente lo opuesto a lo que yo me había imaginado. Que nosotros morimos algunas veces en la vida y volvemos a nacer, que morimos, y también nacemos, a veces cada varios años, a veces cada pocos meses, a veces cada varias semanas, a veces cada día. Y que el hecho de que el avión se estrelle junto a la isla y aparezca un solo cadáver en la orilla, y de que sea precisamente nuestro protagonista el que lo traiga a la orilla (ya muerto) significa, eso creo yo, que eso que representa el avión ha muerto y que él mismo lo está, que la isla es su cielo después de morir (y nacer) y que él, en realidad, es ese cadáver que removió hasta la isla y que se estrelló, como todos, en las aguas del mar Mediterráneo.












domingo, 5 de marzo de 2017

La vejez


No me gusta desayunar en casa. Creo que tiene que ver con mi tendencia hacia la huida. Me levanto y me noto encerrado, y a gran velocidad me visto y salgo. Aún en ese estado en el que no he tomado el café, es decir, somnoliento, veo a la pescadera preparando el género y apenas algún coche se para mientras cruzo el paso de cebra. Es entonces, realmente, cuando pienso mejor, porque cuando dejo de estar en ayunas ya estoy en el mundo, en sus problemas y sus azares, y el mundo, créanme, es el peor lugar para pensar.

Esta mañana mis pensamientos estuvieron fijos en mi madre, que encara sin resignación -he dicho bien, sin- la vejez. Mi cabeza tiende a empezar a divagar por las conclusiones, y si queréis saber por qué, preguntad a mi cabeza. Y además lo hace con una frase lapidaria, una frase redonda y definitiva. La de esta mañana fue: la juventud no tiene mérito, ninguno. Y ahora tengo que explicar esta frase, y, créanme, mi cabeza me ayuda menos a esto que al chispazo ingenioso estilo 'tuit'.

Empecemos a pensar. Creo de verdad que ser joven es fácil, que si no estás afectado por alguna tara, si puedes ir en bici, correr durante más de diez minutos, si follas sin sentir que eso es un esfuerzo, si, incluso, hay otros cuerpos que se sienten atraídos por ti..., entonces sientes que el poder de la vida está en ti. Cuando vas en una barca río abajo sólo tienes que dejarte llevar, y de hecho los jóvenes que lo pasan mal son aquellos que se empeñan en remontar río arriba, cuando lo tienen tan fácil para relajarse.

Pero, desgraciadamente, la vida no desemboca en el mar, sino que se curva y comienza a ascender, y a medida que se sube la pendiente es más empinada y a medida que se hace mayor el que fue joven tiene menos fuerza. Por eso me tomo la libertad de invertir la frase que inventé en mi somnolencia: la vejez tiene mérito.

Ayer me permití invadir la intimidad de mi madre, justo al levantarse de la cama, con la puerta todavía entrecerrada. Estaba sentada sobre ella, con el pantalón a medio subir, inclinada hacia adelante porque la espalda ya no da para más, aún sin dentadura, lo que le arruga las facciones de la cara, con los ojos infinitamente tristes (a su vez, esto lo escribo con tristeza), mirando a ninguna parte y sin completar eso tan fácil para  los humanos jóvenes: ponerse el pantalón. Sé, soy consciente, de que es su momento más difícil del día y me pareció impúdico interrumpirla. Que tarde lo que tenga que tardar, me dije. Cogí las llaves, aún sin desayunar, y salí a la calle, y en mi somnolencia pensé: la juventud no tiene mérito.

Cuando vuelvo ya está desayunando, bien, dentro de lo que cabe. Ya, al menos, no da la sensación de sufrimiento del momento de vestirse, pero ya he visto en sus ojos, en su cuerpo, que la maravillosa aventura de vivir se ha convertido para ella en la terrible aventura de vivir. También pienso que, habiendo cambiado el adjetivo, el sustantivo sigue siendo exactamente el mismo: aventura. 







sábado, 18 de julio de 2015

El domador de leones



Agustino se dejó la barba hasta la cintura, un ramajo blanco en forma de pico que, ciertamente, no gustaba a los niños. Su jefe amenazaba con despedirlo a diario, y a él le daba igual. No lo echaba, para decir la verdad, porque la profesión de domador de circo no era de las de hacer una carrera ya, y en el mundillo se sabía de sobra que los domadores estaban en franca extinción.

Así que Agustino hacía su trabajo y lo hacía bien, pero con una barba descomunal y una considerable dosis de apatía. Tiraba de oficio, repetía mecánicamente los trucos que había aprendido en la veintena y se iba a dormir. Después de eso no salía de su casa, una roulotte vieja en la que tenía todo lo necesario para sobrevivir. Y así los meses pasaban, y su mente se vaciaba de presente y de pasado, y casi de futuro. Quedaban, como rastro de una ternura que ya pasó, los gritos de terror y las risas de los niños, que tras años de actuaciones se le mezclaban ahora en su cabeza en un solo sonido.

Un día Agustino decidió dejar de ducharse. Al otro, obvió el engorroso uniforme de domador de circo y se presentó ante sus leones en un pijama azul. A su jefe hasta le hizo gracia y cambió la publicidad del espectáculo: el domador en pijama. No le hizo tanta gracia cuando Agustino fue a trabajar en calzones. Afortunadamente, aún conservaba la parte superior del pijama. Como aún eso le gustaba a la gente, el jefe, sus compañeros y el público transigieron. Pocas semanas después ya la publicidad rezaba: el domador desnudo (no recomendada para menores de 18 años).

Las broncas no le hicieron efecto alguno, entre otras cosas porque Agustino había decidido dejar de hablar poco a poco. Primero suprimió los adjetivos, y cuando alguien le decía "Agustino, hace un día estupendo", él respondía "hace un día", y para él hacía eso, un día. Después le llegó el turno a los verbos y entonces su locura se reveló con un nuevo matiz. Daba igual de lo que hablara, nadie sabía a qué se refería porque todos eran incapaces de situar sus hechos en el tiempo. Lo mismo se refería algo pasado hace años que a acontecimientos que sucederían mucho tiempo más tarde. Tampoco se sabía si lo que decía pertenecía a la realidad o a la imaginación. Todo era de un presente difuminado, real e irreal al mismo tiempo, como inmutable y repetido, muchas veces repetido.

El silencio fue el penúltimo paso. Para algunos fue un alivio, pero no para el jefe. Al fin y al cabo, era divertido verlo batallar desnudo con los leones pronunciando palabras incoherentes, anulando verbos y adjetivos. Todo aquel asunto fue tornando a lo siniestro y la gente comenzó a dejar de ir al circo, salvo cuatro o cinco excéntricos que veían en aquel desatino del hombre desnudo, silencioso y con una barba inmensa una obra de arte.

Pero por una de esas extrañas piruetas de las historias, lo tétrico comenzó a atraer público. Alguien colgó en su perfil aquel espectáculo de decadencia y el circo comenzó a llenarse de morbosos sedientos por ver al loco. Bastó para que una televisión se pasara por allí para que Agustino comenzara su periplo de la fama, efímera y no buscada. El jefe, lleno de contento, programó sesión tras sesión tras sesión y terminó conduciendo a Agustino al agotamiento.

Hasta aquel santo día en el que se dejó devorar por el león y entonces el morbo se hizo terror y los 400 o 500 que allí había corrieron hacia la salida mientras las vísceras de Agustino saltaban por los aires por las sacudidas del león. Todos pensaron que corrían peligro y aquello se quedó vacío en nada. El león, ya manso, lamía la cabeza de Agustino, ignorante de que Agustino no existía ya. Los ojos del león se posaron en el jefe, el único que había allí ya. Atónitos los dos, se miraban mutuamente y al final el león decidió tumbarse y descansar.

El caso es que alguien colgó en youtube la carnicería e inmediatamente el vídeo obtuvo miles de visitas. Fue borrado pero la red siempre deja rastro. Cualquiera que pusiera un poco de su tiempo podía llegar a contemplar el final de la vida de Agustino.

Sólo había que pulsar en el buscador de google: "Domador loco desnudo león devorado".







sábado, 7 de febrero de 2015

El milagro de Basilio


A Basilio comenzaron a crecerle las piernas a los pocos meses de su 54 cumpleaños, cuando fue al médico porque sentía un dolor agudo en sus muñones. El doctor Metre, su médico de familia de toda la vida, tuvo la capacidad para observar que los muñones eran tres o cuatro centímetros mayores que la última vez, y lo envió al hospital central de inmediato. El doctor Flores, el más eminente traumatólogo de la ciudad, no creyó la versión del doctor Metre, pero tuvo que dar su brazo a torcer a los pocos meses, cuando comprobó que las piernas, efectivamente, crecían.

Basilio estuvo en observación varios meses, y día a día los doctores certificaron que sus piernas seguían creciendo. Le hicieron decenas de pruebas. Al hospital acudieron las principales eminencias mundiales en amputación de miembros y discapacidad física, pero estuvieron muy lejos de encontrar evidencias. Sólo atinaron a elaborar teorías. La más aceptada era que Basilio había desarrollado un anticáncer, una especie de metástasis al revés, un proceso en el que las células se multiplicaban inexplicablemente, e iban formando los huesos, tejidos musculares, arterias, venas y piel que eran la pierna.

Basilio apareció en la iglesia de San Patricio como un resucitado. Su ensortijada barba le llegaba a la cintura y tenía los ojos fuera de su órbita. Miraba a izquierda y derecha, pero apenas si reconocía a nadie. Efectivamente, andaba. Por el barrio habían corrido muchos rumores, desde que había muerto por un error de la medicina y los de arriba trataban de ocultarlo hasta que había cruzado el Atlántico en barco para vender cupones en Buenos Aires o Acapulco. Pero nadie adivinó que Basilio podía andar y que estaba escondido de todos y todo por puro embarazo. Sólo Íñiguez y su madre conocían el secreto, y mientras Íñiguez creía que exponer a Basilio al mundo destrozaría su alma cándida, su madre atribuía todo a la mano siniestra del demonio, y estaba convencida de que a su hijo lo tratarían como un apestado en cuanto diera un paso más allá de la puerta de su casa.

Y Basilio... Basilio sólo tenía miedo.
                           
Augusta, su madre, no supo al principio por qué estaba en el hospital. Los médicos mantuvieron oculto su caso, y ni siquiera informaron a las autoridades administrativas. Y él fue en esas tres semanas de pruebas y más pruebas un turbio secreto de la comunidad médica, que no era partidaria de dar a conocer el presunto milagro hasta que hubiera una explicación científica. La madre fue convencida de que su hijo había sido infectado por un extraño virus que obligaba a encerrarlo sin comunicación alguna con el exterior, ni siquiera visual. El farmacéutico Íñiguez, indignado, protestó, pero entre siseos fue convencido de que lo mejor era dejar las cosas así. Íñiguez fue cómplice del engaño. Sus visitas fueron diarias y le llevaba, de vez en cuando, 'tuppers' para el almuerzo y la cena. Porque Augusta se quedaba allí, día y noche, en la sala de espera, con su mirada de vieja cansada. Los vecinos, el cura, el carnicero, María la peluquera, todos, le prestaron una visita los cuatro o cinco primeros días, pero sólo Íñiguez alargó las suyas. Él se sentaba media hora, una hora, con Augusta, y a veces ella veía cómo él se dirigía a los médicos y les consultaba. Augusta preguntaba, y Íñiguez no sabía si decirle la verdad, aunque era inevitable que Basilio saliera un día de allí.

Íñiguez supo que se había llegado al límite cuando Basilio estrelló el jarrón contra la televisión y gritó. Llevaba meses encerrado en aquella casa, sin ocupar el día en otra cosa que ver la televisión y satisfacer sus necesidades básicas. Al principio era fácil convencerlo de que no debía salir, porque movía sus piernas con dificultad y a veces caía de rodillas. Pero a medida que se iba haciendo más ágil más difícil era tratar con él, y pasaba los horas y los días asomado a la ventana, viendo pasar la vida en el barrio. Lo peor era cuando llegaba el jueves. Dos doctores y una enfermera vestidos de paisano llamaban a la puerta e, indefectiblemente, Basilio se escondía con el pestillo echado en el cuarto de baño, como un perro asustado. Al final salia con la cabeza gacha y entraba con los sanitarios en una habitación habilitada como sala hospitalaria, de un blanco cegador, con una cama móvil y toda clase de instrumental médico. Ni Augusta ni Íñiguez sabían lo que pasaba allí. Por un lado estaban tranquilos porque Basilio no gritaba, pero les inquietaba que después de cada sesión se pasara la tarde y la noche sentado en el sofá con rostro inexpresivo en vez de mirar por la ventana, que era lo que solía hacer. A veces ese estado depresivo se alargaba días. Los médicos insistían en que sólo lo examinaban, en que todo formaba parte de un proceso para sacar una conclusión científica. Cada cierto tiempo, una vez cada mes o dos meses, aparecía un tipo bajito, encorvado, huesudo y de ojos casi transparentes. En esas ocasiones Íñiguez observaba intrigado cómo el silencio habitual de los doctores se tornaba en un inquietante cuchicheo en inglés.

Basilio era libre de salir a la calle. Nadie se lo prohibía. Él sólo había firmado un contrato con las autoridades para ser examinado periódicamente. Nada más. A cambio de dinero, claro, y sólo con una condición: él no recibiría ningún daño, ni físico ni mental. Uno de los doctores ya le había dicho a Íñiguez que si su caso salía a la luz ellos seguirían con la observación periódica en privado y en público negarían la evidencia. Los milagros son un asunto del pueblo y de la Iglesia, no nuestro, le dijeron a Íñiguez una vez. Y, efectivamente, todo el mundo lo tomó como un milagro. Salió de casa un domingo por la mañana, con las calles medio vacías. María, la peluquera, venía con su bolsa de churros y quedó petrificada, preguntándonse por qué aquel Basilio con piernas se dirigía con esa decisión de adolescente hacia la iglesia de San Patricio.

El cura no cesaba de gritar "esta es la casa de Dios" desde su púlpito. Y daban igual sus gestos desesperados o que levantara los brazos para dar más énfasis a su llamada. Los feligreses habían formado un tumulto desordenado en torno a Basilio. Lo tocaban, rozaban, le acariciaban las piernas, le preguntaban, se peleaban por estar cerca de él. Lloró "basta" casi en sollozos, se desembarazó de todos con un manotazo y salió sin rumbo. Todos lo siguieron respetuosamente en procesión, en silencio, y se fue uniendo más gente, los dispersos que paseaban en domingo o que tomaban el café de la media mañana. Augusta e Íñiguez estaban cerca, paralizados por una situación que parecía superarlos.

Basilio comenzó a ser presencia habitual en noticiarios y 'magazines' de televisión, ocupó páginas y páginas en la prensa escrita y algún programa de radio incluso llevó una unidad móvil al barrio. Había una cierta mirada irónica en el tratamiento de la información. Ningún medio estuvo nunca interesado en la verdad. Sí en la historia. De pronto, un milagrero pobre y sin estudios cautiva a todo un barrio y viene gente de toda la ciudad y de los pueblos de alrededor en peregrinación, y todos le aclaman como una especie de nuevo mesías, y la Iglesia, dubitativa al principio, acaba abrazando aquel fervor con la esperanza de aprovecharlo, y el arzobispo visita a Basilio, y famosos de todo pelaje quieren verlo, olerlo, tocarlo. La verdad sólo la creyeron los vecinos del barrio y los crédulos. A pesar de las evidencias fotográficas, a pesar de los cientos de testimonios, de la mayoría del público, empezando por los propios medios, se apoderó un 'complejo de Santo Tomás' irreductible, y todo lo atribuían a una suerte de alucinación colectiva, o a una mentira de alguien. Es verdad que en nada contribuía a la credibilidad del milagro las colas casi diarias para tocar a Basilio en la misma esquina de la farmacia o la extraña procesión nocturna que el día del aniversario de su aparición en la Iglesia se inventaron los más fanáticos: Basilio subido a un palio fabricado apresuradamente con madera y telas viejas y hachones en las cuatro esquinas. Las televisiones no perdieron la oportunidad de mostrar aquel grotesco espectáculo al mundo, y la mirada sobre Basilio pasó poco a poco de cierto escepticismo irónico a una risa casi piadosa.

Augusta murió a la edad de 91 años en silencio, igual que como había vivido. A Íñiguez no se le iban de la cabeza aquellos ojos petrificados de miedo cuando vio a Basilio andar torpemente hacia ella a la salida del hospital. Hay cuatro, cinco o seis momentos en la vida que son tan intensos que nuestra expresión cambia para siempre. A partir de entonces, Augusta siempre mantuvo ese resto de ojos asustados sin perder un poso de tristeza que siempre formó parte de su ser. El encierro de Basilio, primero, y su impúdica exhibición después, sumieron a la madre, además, en una incredulidad muda. Íñiguez pensaba que había dejado de vivir hace tiempo, pero la devoción con la que cuidaba de Basilio lo desmentía. A pesar de que fue reclamada por televisiones y buscavidas de todo orden, Augusta no se mostraba a los focos de la calle. Vivía casi encerrada en su casa, ataviada con una bata negra y, normalmente, sentada en el sofá con los brazos extendidos y las manos unidas, la izquierda encima de la derecha. Se levantaba para cocinar para Basilio, para ordenar y limpiar su cuarto con meticulosidad, para poner su ropa en la lavadora, para tenderla... Todos sus actos tenían que ver con él. Tan poco se ocupaba de sí misma y de todo lo que no tuviera que ver con él que Íñiguez tuvo que arreglar que una mujer ayudara en casa.

Lo que a Basilio le hundió no fue la muerte de su madre, sino no poder ir al entierro. Íñiguez tomó la decisión para que el sepelio no se convirtiera en un espectáculo. Él y su mujer fueron los únicos que dieron el último adiós a Augusta, cuya muerte pasó inadvertida para el barrio. Durante la misa, los pensamientos del farmacéutico no fueron dirigidos a la madre, sino a él. Intentó recordarlo como era antes del milagro: Basilio siempre se colocaba junto a su farmacia, con su silla de ruedas eléctrica. Todos lo querían. Los niños habían crecido con él, los viejos se habían hecho más viejos, los jóvenes se habían hecho padres... Basilio era el símbolo, casi, de esas conversaciones intrascendentes de barrio que hacían sentir en compañía comunitaria a los vecinos. Siempre había un lugar para hablar de cualquier cosa con Basilio, con pocas palabras, sin demasiadas intimidades: la familia va tirando, la cosa está floja, hoy parece que va a llover, la abuela está pachucha, han venido los primos a almorzar, ays, el reuma, por ahí tengo un trabajillo... Tópicos y azares de la vida que se repetían sin cesar, no importaba si los coches ahora eran mejores o había más luz de noche. Basilio, a su modo, era feliz. Quizás porque, a pesar de sus carencias, había encontrado un lugar en el mundo, el de vendedor de cupones de la farmacia Íñiguez, y porque todos lo querían. Se pasaba el día viendo pasar a sus vecinos y escuchando su nombre como una letanía. ¡Basilio!, y alguien decía cualquier cosa y pasaba de largo. ¡Basilio!, y era otro que le decía "qué bien te veo". ¡Basilio!, y uno le acariciaba el pelo, a ver si así tenía suerte.

Íñiguez cuidó de él los años posteriores a la muerte de Augusta. Basilio se había quedado en un estado de profunda apatía. Parecía como si el mundo, el barrio, lo hubiera decepcionado y ya sólo estuviera pendiente del paso del tiempo. Quizás el inconsciente colectivo se percató de aquel estado, porque a partir de entonces el barrio comenzó a dejar de ser la capital de milagro y volvió poco a poco a la normalidad. Pasados unos meses una televisión por allí o a algún loco predicador eran vistos como desencajados en el rutinario día a día. Basilio bajaba de vez en cuando, pero o bien era ignorado por aquellos que nunca soportaron la llegada de tanto advenedizo y le culparon de ello, o bien era objeto de bromas levemente hirientes por parte de los mismos que lo habían adorado cuando apareció aquella vez en la Iglesia. Los médicos ya lo habían dado como un caso perdido hacía mucho tiempo, y de aquel recuerdo de pruebas incesantes sólo quedaba aquella habitación de casa habilitada como sala hospitalaria, que no se abría desde hace años.

Tenía un pelo cano y abundante, muy enmarañado, Eso, sumado a sus ojos siempre asustados, le daban a Basilio un aspecto de vagabundo alucinado. Su rostro era enjuto, encogido, lo cual no casaba con su altura, por encima del metro y ochenta centímetros. Todo en él parecía tender a lo pequeño salvo su estatura, y lo más diminuto era su boca, siempre levemente entreabierta, como haciendo una figura casi redonda. Ya de muy mayor, conservaba aún un aspecto juvenil por sus ojos no sólo asustados, también inocentes, y por su andar enérgico que proporcionaban unas piernas que no tenían 75 años, sino apenas año y medio. Andaba lánguido, con los brazos caídos, y parecía que nunca tenía un propósito definido de hacer nada. Iba en chandal casi siempre, sucio y desaliñado, y era muy difícil saber qué pasaba por su mente. Tras la muerte de Augusta, lo mismo se pasaba las horas junto al mostrador de la farmacia de Íñiguez, de pie, que caminaba sin rumbo como un enfermo de 'alzheimer' que hubiera escapado de su casa. De joven sí sonreía, una sonrisa que apenas enseñaba los dientes y que acompañaba de un gesto de repetido asentimiento con la cabeza. Ahora lo más parecido a una sonrisa era un fruncimiento del ceño que algunos imaginaban que era ironía.

Íñiguez lo recogió muy temprano. Era el segundo aniversario de la muerte de Augusta y había decidido llevar a Basilio al cementerio. No lo había visto llorar, ni siquiera hablar de ella, desde su desaparición, y le parecía, no sabía muy bien por qué, que aquello no estaba bien. Por eso aquella fría y algo desapacible fría mañana de noviembre iniciaron un largo camino hacia el camposanto, en la esperanza de remover algo su alma. Basilio sentía pavor patológico por los autobuses, los coches y cualquier medio de transporte con motor, y sólo aceptó andar. Fueron dos horas muy largas para un Íñiguez ya mayor, que a duras penas podía seguir las zancadas de Basilio. No hablaron en todo el camino, pero Íñiguez podía percibir que a medida que se acercaban a la meta la expresión de Basilio se enternecía, y aquello le gustó.

Llegaron a mediodía. La tumba de Augusta estaba en un lugar en sombra lleno de malas hierbas y humedecido por la ausencia de sol durante el día. Íñiguez miró hacia arriba y le señaló el nicho, tres o cuatro cabezas por encima de ellos. Basilio miró quince minutos en silencio, y probó así la paciencia de Íñiguez, que no entendía ese exceso de actitud contemplativa. El farmacéutico observaba a un Basilio más humano, como el que fue antes del milagro, pero no llegó a ver el resultado que esperaba de remoción de sus emociones. Entonces, Basilio bajó la cabeza y lo miró. Era raro escucharlo hablar.

Íñiguez, dijo, qué pena hacerse viejo.          

jueves, 8 de enero de 2015

Amar el silencio


Desde hace 20 años, a Sergio Marínez lo despierta toda las mañanas 'In a sentimental mood', en la versión de Duke Ellington. Es el tema perfecto. La banda sonora de sí mismo subiendo a un tren vacío, con ese embriagador placer de sentir que se viaja casi sin ruido, nada más con un leve siseo adormecedor. Su primer pensamiento del día es ese: ojalá existiera ese tren, ojalá toda la vida transcurriera en él. Sólo se permitiría algunas decenas de libros y bonitos paisajes. Quizás que se subiera un amigo en alguna estación, pero sólo él mismo tendría el privilegio del viaje eterno.

Sergío Marínez acaba de cumplir 53, está casado, con tres hijos, trabaja desde hace 32 años en una compañía de seguros, los vende por teléfono, desde una cabina acristalada e impersonal, la misma de los últimos 32 años, el teléfono es lo único que se ha modernizado con el paso del tiempo. Marínez es bueno en su trabajo, pero lo es porque Marínez no trabaja. Es un actor que Marínez ha inventado, un señor encantadoramente agresivo, un mentiroso dulce... Cuando regresa a casa, Marínez es Marinez, pero sin llegan a serlo al fin, porque no puede serlo un señor que sueña con sentarse en el sofá con la televisión apagada sin hacer nada, pero eso es imposible, porque Silvia, su mujer, no soporta cocinar con la televisión apagada, y además lo obliga a bajar a comprar las hojas de laurel, que se le han olvidado, o cualquier otra cosa.

Sus hijos son presencias que entran y salen del salón, que le preguntan por alguna cuestión escolar que por supuesto no sabe, que le piden permiso para cualquier cosa, y él, por supuesto, lo da, que lo miran raro porque no saben cuál es exactamente su función en aquella casa y él, la verdad, tampoco. Julián, el mayor, estudia para ingeniero aeronáutico y es tan distinto. Siempre tan apegado a la madre, tan dinámico, con tantas ganas de comerse el mundo... Marínez piensa que es un propósito inútil, y qué además, sucede exactamente al revés: el mundo acaba comiéndonos a todos. Los otros dos, Pablo y Sergio, son más como él pero un poco más lelos. Lo cual es terrible, porque Marínez piensa que lo único que lo salva de su indolencia es una cierta inteligencia para precisamente poder permanecer en la indolencia.

Silvia lo trata como si fuera un hijo más, y por eso el matrimonio no se rompe. Le perdona sus torpezas y Marínez finje algunas más, las cuales también perdona. Le perdona sobre todo su pereza, que ella compensa con creces, y a cambio sólo le pide conversación. Lo cual es tan sencillo como estar atento y hacer la pregunta correcta en el momento correcto. Todo lo demás lo habla Silvia.

Total, que Marínez es un actor consumado, y existen muchos Marínez, y el que más le gustaba al propio Marínez dura unos pocos minutos, 'in a sentimental mood' en la madrugada.

Un 13 de abril de 2006 adelanta una hora el despertador. El tema que lo congracia con el Marínez verdadero suena a las seis en vez de a las siete, y de pronto Marínez se encuentra con una hora de vacío en su vida, sin Silvia, sin hijos, sin trabajo. Se coloca los auriculares de su iPod, va al sofá, se sienta y cierra los ojos para viajar en silencio. El tren está preparado para partir en la estación de Limoges-Bénédictins, en una fría y levemente lluviosa mañana de diciembre. Él va cargado de maletas vacías, con el propósito, absurdo e imposible de cumplir, de llenarlas a lo largo del camino. Está enfundado en un abrigo y una bufanda verdes, escondido su rostro hasta su nariz, aletargado por esa luz eléctrica ténue de los trenes cuando aún no ha salido el sol. Cuando el tren comienza a andar, siente un placer irreprimible. Alguien eleva el volumen de 'In a sentimental mood' y él eleva la persiana de la ventanilla: el perfil a contraluz, alejado, de la bellísima ciudad medieval y más adelante la elegancia del río Dordoña, el paisaje europeo tan en orden, tan acogedor que no parece posible que la naturaleza no contenga otra cosa que bondad.

Y así 'In a sentimental mood' pasa de Duke Ellington a Ella Fitgerald y la New York Jazz Lounge, pasando por Sonny Rollins o Art Tatum. Es la misma canción con distintos interprétes, como es el mismo paísaje con distintos árboles. Llega a la estación de Burdeos cuando el ruido de la cisterna lo enreda en el día. Silvia le pregunta qué hace ahí, él se levanta...

El 14 de abril de 2006 repite el mismo inconfesado placer, un tren para él, un 'In a sentimental mood' como banda sonora, nada más. El 15, también, el 16, el 17, el 18 y como él es un hombre de costumbres está tres años viajando por Europa y pensando en Asia...

Acaba de llegar a Estambul cuando comienzan a llegar los problemas, y Marínez no sabe cómo reaccionar. Había contado con Silvia como coartada para siempre, pero Silvia sufre un accidente de automóvil y está hospitalizada dos semanas por culpa de las cervicales. Casi las dos peores semanas de su vida. Entrar en el mundo real lo aburre y lo asusta a la vez, no porque tema de su capacidad, que no, sino porque no le apetece procesar miles de mensajes y ordenes al día. Organizar, hacer, controlar, deshacer... Marínez suele parodiar a Lenin: el estrés, ¿para qué? Y encima la crisis: en la compañía le empiezan a pedir objetivos imposibles, y cuando llega el papel de los lunes con los nuevos objetivos, él dice: imposible. Se lo dice así, alto, claro, a su supervisor, que encoge los hombros sin saber muy bien qué decir. El preferiría decir 'preferiría no hacerlo' pero 'imposible', dicho así, en tono firme, intimida más, cree Marínez.

Marínez se dice: sólo es temporal, y en cierto modo lo es, pero sólo en cierto. Silvia regresa a las dos semanas todavía convaleciente, y cuando pasado el tiempo se recupera del todo ya no es la Silvia de siempre, pierde energía, le falta el punto de sal en las comidas, las manchas de la camisa no se borran tras el lavado, aparecen espinas de pescado en la esquina del salón, incluso los chicos ven una cucaracha un día, signo inequívoco del fin del mundo en casa de los Marínez. Y en el trabajo envalontarse ya no vale de nada. Sigue ahí, vende lo justo para seguir, pero lleva como dos meses viendo caer piezas de dominó a su alrededor. Todo es como el 'Hundir la flota'. Él es casi el último transbordador vivo, y espera que 'el que despide' no acierte con la casilla. Marínez, como acto reflejo, agacha la cabeza cada vez que suena algún teléfono en la oficina.

De resultas Marínez podría haberse hecho más responsable y haber olvidado su viaje matinal en tren. No. Al contrario. Esos días, abrumado por todo en general, adelanta dos horas su reloj, lo cual le permitirá llegar más rápido a Bombay y conocer la mítica estación Chhatrapati Shivaji, una feliz mezcla de arte hindú y británico. Sabe que la red ferroviaria india, gracias al genio inglés, es la más intrincada del mundo, la más extensa, y que además es el principal elemento vertebrador de La India. Estará montado en el mítico Brand Trunk Express, tumbado en una de esas literas tan típicas de la segunda clase. Mirará por la ventana y verá grandes campos de té, el gran Ganges sucio e imponente, miles de personas hacinadas, bailando, cocinando, saltando, abrazándose, y de fondo 'In a sentimental mood'. Marínez soñaba con la noche.

Con el paso del tiempo, Marínez se va acompañando de algún que otro libro. Se lleva a Borges y a Chesterton, más que nada porque le gustan los juegos mentales. Siempre se enfada cada vez que relee 'Los inmortales' porque piensa que si él lo fuera no acabaría abotargado de haberlo vivido todo, como describe Borges. Uno no es inmortal para vivir. Es normal que esa ansiedad, la de vivir, la tengan los humanos porque van a morir, e intentan luchar inútilmente contra lo inevitable bebiendo vida. Pero si uno es consciente de que es inmortal simplemente está, no sobrevalora la vida como el mortal, y se consagra al pensamiento, a la sabiduría, que son más infinitos sin duda que la vida como experiencia.

Marínez sabe que es mortal pero actúa como un inmortal. Le importan más bien poco su presente, su pasado y su futuro. Si se casó, lo hizo porque la corriente lo había llevado hasta ahí en ese momento, si terminó en una compañía de seguros fue por la recomendación casual de un amigo. Su vida real le importa tan poco como a una hormiga su reivindicación como individuo. Le parece completa y totalmente una absurdez.

Sin embargo, ama perderse solo y en silencio, con sus pensamientos deslavazados, sus pequeños sueños imposibles, como tener una aventura con una italiana de Trento, o ponerse una chilaba una vez cada dos meses, sus fantasías pequeñas, como cantar 'Strangers in the night' a un cliente mientras le vende una póliza, o decirle a Silvia unas quinientas veces 'te quiero te quiero te quiero' sólo para ver su cara de boba sorprendida, y molesta. Por supuesto que llevar a la realidad todo esto hubiera tenido una consecuencia y una consecuencia de la consecuencia, y eso hubiera sido tan engorroso. Por lo que las deja ahí, fluyendo en un mundo sin consecuencias salvo para su propia salud mental que, a su edad, es algo que le trae más bien al pairo.

De dos horas pasa a tres, de tres a cuatro, de cuatro a cinco, de cinco a seis. Seis horas al día para viajar en tren. Para evitar sospechas, ya ni siquiera se levanta para ir al sofá. Abre los ojos, todavía medio cerrados por el pegajoso efecto de las legañas, y el tren empieza a partir mientras él mira campos de arroz en vez de el techo blanco de su propia casa. Siente el embriagador placer del silencio, y hasta empieza a retroceder en el tiempo y ahora está en un tren a vapor y las imágenes se tornan en película muda, con una única banda sonora: 'In a sentimental mood'. La experiencia es tan intensa que Marínez termina en trance y confundiendo el mundo real con una suerte de pesadilla cotidiana.

Cada vez más incapaz de actuar, se queda dormido mientras Silvia le dice algo, llama a los clientes para gritarles lo gilipollas que son, no aguanta la televisión, la apaga, aborrece la música que ponen sus hijos, le molesta el simple sonido de unos pasos por el pasillo. Ya ni duerme: entrecierra un poco los ojos y activa esa parte de su cerebro que viaja en tren, ese viaje eterno con el que siempre había soñado, y que ahora hace realidad ocho horas al día. Inventa ideas extravagantes, como viajar por encima de la muralla china, parar el tren cuando él desee para detenerse en un paísaje, pasar del blanco y negro al color, al cinemascope, ver osos pandas volar o asistir al paso aterrador de las feroces huestes de Gengis Khan.

El 15 de noviembre de 2009 es el mejor y el peor día de su vida a la vez. El transbordador es alcanzado por un misil probablemente de no muy largo alcance, se va tras 35 años trabajando en el mismo cubículo, con la única certidumbre de que su futuro es cada vez más un viaje en tren y menos una lucha diaria que para él ya carece de sentido. Ni siquiera la bronca de Silvia le hace el menor efecto. Amenaza con el divorcio y cumple su amenaza. Está demasiado dormido para el desamor, Silvia, desesperada, se va de casa dando un portazo y llevándose a sus tres hijos, y él se queda con todo para él, desconcertado, con ganas de llorar pero no por nada, porque él hubiera preferido siempre una vereda, un prado verde,  nada de andar por dios, nada de correr. Pero se vio obligado.

Esa noche comienza su lento viaje a la abstracción: día tras día todo lo que es decorado se difunina. El tren ya no va por geografías, ni él ve paisajes, ni suena 'In a sentimental mood' ni ninguna clase de sonido. Es el viaje en el silencio, compra unas orejeras potentes para aislarse incluso de día. Su único pensamiento es que va en un tren y viaja. Sin más. Sólo hace pausas para comer lo poco que hay en el frigorífico, y para comprar por internet, a veces.

Es consciente de que el trance al que se somete no puede ser eterno. Pero lo alarga años. Lleva una vida casi de monje de clausura, sentado en el sofá la mayor parte del tiempo, mirando la televisión apagada. Creyendo que está en un tren viajando, siempre viajando. Es feliz y desgraciado a la vez. El mundo no lo interrumpe, por fin,  pero él, a la vez, desea recuperar algo que no sea el simple vacío de estar ahí, sin más. Intenta imaginar un bosque cerca de Lovaina, ríos plácidos en Europa, pero ha retrocedido tanto en su viaje a la abstracción que ya es imposible para él siquiera un atisbo de imaginación. No comprendió en su día que su viaje en tren era tan bello que era un viaje a la muerte. Y ahora está con los ojos fijos en nada, muerto, tan muerto.

Un día, tras una llamada de Silvia, se dirige a la estación de Atocha, compra un billete para Zaragoza, el vagón está medio vacío, lo cual agradece. Se pone a leer 'Los inmortales'. El tren arranca, ahí va. Marínez baja en Calatayud. Va sin maleta, con el abrigo verde, bufanda del mismo color. En la estación espera hasta la noche, la madrugada ha entrado, hace frío. Ni un alma alrededor. Se sienta en el poyete que da a los raíles y lentamente, baja, y salta. Siente la rugosidad de los chinos. Hacia adelante no se ve nada, pero es lo mismo. Marínez anda.

El sonido que hacen las piedras al entrar sus pies en contacto con ellas es lo último que se queda en su memoria. Cuando quedan unos minutos para que salga el sol, un tren AVE lo arrolla con fría violencia y Marínez es empujado a un montón de escombros en la ladera. El AVE, insensible, se aleja a 300 kilómetros por hora, mientras Marínez yace plácido, casi sonriente cuando el sol comienza a bañarlo con sus rayos.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Adiós

Cuando llegó su muerte se puso muy muy guapa.
Porque era una fiesta de despedida.
Y en todas las fiestas, y más si son de despedida, hay que ponerse guapa.

viernes, 21 de noviembre de 2014

Filosofía

Cuando nacemos empezamos a morir
Cuando morimos, morimos.

viernes, 22 de agosto de 2014

Tristezas

Hay una diferencia
Entre la tristeza incierta
Y la tristeza segura

La primera es parecida
A estar en una cápsula casi sin aire
Te mueves, golpeas el cristal
Temes que una mano gigante
Te corte las alas.
Te sientes mosca casi muerta.
Pero golpeas y golpeas y golpeas
Hasta que la sangre mana.
Aún tienes esperanza.

La segunda
es parecida
a estar en el fondo de un pozo
Miras arriba
No ves un gramo de luz
Hay una escalera irregular, resbalosa
Y un tú desnudo, mojado, lloroso.
Dices, con voz cansada
Vamos a dar los primeros pasos.

Pero no hay esperanza.

lunes, 10 de marzo de 2014

Vivos

¿Por qué bailas?
Porque estás vivo
¿Por qué besas?
Estoy vivo
¿Por qué miras?
Es que estoy aquí, vivo
¿Y por qué sonríes así?
Estoy así de viva
¿Me acaricias?
Sí.
¿Y cómo te sientes?
Muy viva

Ahora estoy triste
Eso es porque estás vivo
Y lloras la vida
¿Y cuando río, también?
Eso es que vives
Pero conmigo.

¿Y por qué estoy vivo?
Dios mío, ¿por qué lo estás?

martes, 8 de enero de 2013

Gafas de sol

No tenía ningún motivo para maquillarse, ni para pintar de negro sus uñas. Pero lo hizo. Laura, ahora, sentada en un banco, en una plaza llena de niños y palomas, cierra los ojos, deja que los murmullos y el sol calen sus sentidos. Ha llegado media hora antes a la cita, y necesita algo de tiempo, piensa, para acomodar su cuerpo al encuentro.

Abre los ojos. La luz desborda tanto el horizonte que sólo ve sombras. Pronto sus ojos enfocan a un niño: corre tras una paloma. Simula que intenta capturarla, y ella hace como que huye. Se fija en él: rubicundo, regordete, mofletudo. Definitivamente feliz. Observa cómo un hombre lo vigila. Debe ser su padre. Un hombre ya entrado en años, con restos de un atractivo que debió ser arrollador en el pasado.

Busca nerviosamente un cigarrillo. Fuma ansiosamente, sin pausas. ¿Será así Miguel?, se pregunta, sin parar de mirar a aquel hombre. No puede figurárselo crecido.  Cada vez que se hace una imagen de él, de Miguel, ve a un adolescente imberbe, impenetrable, con ojillos de ratón asustado.

Una pareja de ancianos se sienta a su lado, en el banco. Los dos sacan de una mochila un par de emparedados y comen. No se molesta, ¿no?, dice ella, educada. No, por Dios, responde Laura. No hablan. Tampoco miran nada de particular. Sólo se abandonan, dejan que el tiempo pase, sin más. Laura siente el deseo de entablar conversación, pero en vez de ello rebusca en su bolso otro cigarrillo. Intenta adivinar su edad: él, ya calvo, gafas bifocales, dentadura postiza y unas orejas agrandadas por el encogimiento de su rostro. 75. Ella, voluminosa, buen cutis, manos nervudas que tiemblan. Quizás 73. Piensa Laura: están en el momento en el que ya la conversación es un estorbo. Son iguales que ese niño que perseguía a las palomas. No precisan de la compañía para ser felices. Sí para sobrevivir. Se necesitan, porque la vida sin ayuda es menos posible; son cómplices, también, porque los años compartidos no son en vano. Pero ya cada uno tiene la certeza de que lo mismo que venimos al mundo solos también nos vamos solos.

Se van. Andan con alguna dificultad, y Laura rebusca en su bolso, saca su móvil y los fotografía: ambos apoyados el uno en el otro, ligeramente encorvados. Paran cada quince o veinte pasos, supone Laura que para recuperar aire, y vuelven a andar. De pronto, pierde la visión de aquellos ancianos. En la pantalla de su móvil se cuela el niño, que le sonríe. ¿Cómo te llamas? Pablo. ¿Te sientas conmigo? Rebusca en su bolso sus malditas gafas de sol. Se las pone, y Pablo señala asombrado. ¿Quieres probártelas? Las acerca al niño. Le hace mirar a través de ellas, y él solo acierta a decir: oscuro, está oscuro.

Le gustan los extraños, y no sé si eso es bueno o malo, dice el padre, que acaba de aparecer. A veces son mejores, dice Laura, y a continuación: los extraños, digo, y nerviosamente devuelve las gafas de sol a su rostro. Espero que no le moleste el niño. No, en absoluto, es un encanto. ¿Le importa que yo también me siente? No, no, al contrario. Hace un buen día, ¿no crees? Lo hace, sí, responde ella, seca. El padre entra en el silencio y el niño se queda dormido, allí, en el mismo banco. A veces el padre la mira de reojo, ella lo nota, nota que le gustaría hablar, salir de su mundo callado, pero no lo hace en absoluto. Tampoco se va. Siente que ella y el padre comparten algo. Ambos están ahí, esperando que aparezca alguien, y llevan un tiempo haciéndolo. Hay pocas cosas más solitarias que la espera. A ella también le gustaría hablar, pero, en cambio, rebusca en su bolso un nuevo cigarrillo. Qué absurdo: se miran de reojo mutuamente, y retiran su mirada en el instante.

Cuando ella casi está vencida por el sopor, ajena incluso al padre, escucha una voz: ¿Este es tu niño? Hola, soy Miguel, ¿Y tu nombre es? Soy Pablo, pero ella no... Laura no le da tiempo a terminar la frase: ¿Y quién eres tú?, interroga. Miguel, ¿quién voy a ser? Ella se levanta y susurra, cabizbaja: no te conozco. Corre, corre, no deja de correr y escucha en lo lejano: ¡Laura!, ¡Laura!, ¡Tu bolso! Pero Laura no mira atrás. Pide a Dios que ese hombre maduro que ha visto por un instante se convierta en un adolescente de ojos asustados y que ese adolescente la persiga hasta pararla. Pero no ocurre ni una cosa ni otra. Da gracias por llevar las gafas de sol, por poder llorar sin que la vean, pero por una de esas traiciones extrañas de la mente recuerda al niño.

Se las quita, las tira todo lo lejos que puede. Mira hacia atrás. Grita: hijo de puta, hijo de puta, y así decenas de veces hasta que se queda sin voz. Dejadla llorar, dice una de las mujeres del grupo que la rodea. 

Dejadla.
 

sábado, 12 de mayo de 2012

Etcéteras y paréntesis

La vida se compone de etcéteras
Y de paréntesis
Los etcéteras los olvidamos
Los paréntesis, no

Levanto la vista
Ruido a mi alrededor
Gritos, claxons, risas.
Mundo olvidable

Echo de menos el paréntesis
En el que tú remabas
Y yo descansaba
En realidad remaba yo
Pero qué más da
Para mí, eras tú

Aquellos días en los que
Tu sola presencia
Causaba silencio, paz
En los que nada hacía falta
Porque todo había terminado

Pero luego cerró el paréntesis
Y regresó el ruido
Y los etcéteras
Los innecesarios
Miserables
Rutinarios etcéteras.

martes, 8 de mayo de 2012

Grietas en tu tejado

Me gustaría tener poder
Para reventar las nubes
Y mojar tu pelo

Para, mientras duermes,
Provocar una tormenta brutal
La ira del cielo

Para ser únicamente una leve,
Pequeña gota de agua
Mínima porción
De oxígeno y nitrógeno

Para golpear tu tejado
Una y otra vez

Provocar grietas
Colarme entre tus muros
Volar
Golpear tu frente
Resbalar por tu mejilla
Posarme, feliz
En la cornisa de tu boca

Y desaparecer




martes, 1 de mayo de 2012

Ramo de margaritas

La mala suerte de Julio
Nació en un campo de margaritas
Tentó su fortuna
Arrancó todos los pétalos
Y todas le dijeron no

Se conformó con la novia fea,
Que le regaló un ramo
De margaritas, claro
Y todas, todas
Volvieron a decirle no

Julio mira ahora, ojos llorosos
Grietas en su rostro,
El ramo mustio y seco
El que está en la alacena
El de la novia fea

Es mejor así
Piensa Julio,
Sus ojos llorosos,
Secos, mustios.

Tan cansados...






jueves, 26 de abril de 2012

Reconstruyéndote

Aquella tarde
Recogí un trozo de tu cabello, María
Tu dedo sin anillo
El cristal roto de tus gafas
Un ojo azul, que es mar
Tu sonrisa
Tu aureola, tu perfume
Tu sangre, tu carmín
El viento que dejas
cuando caminas

Me paré en el barro
Y besé tus huellas
Me tumbé de bruces
Y lloré

Pienso:
Me duele tener
Todo el tiempo
Del mundo
Para, pedacito a pedacito,
Reconstruirte